Opinion

La historia de una casa

Qué es y cómo nació la idea de construir una Casa de la Cultura en la Villa 31, sus inicios y la lucha por verla terminada durante estos años.

Por Sebastián Deferrari

En el barrio Mugica nada puede ser fácil, porque es la historia del barrio y también su estigma.

Está construido con el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio de miles de personas que en las condiciones más adversas han logrado hacerse de un techo, formar una familia, tener una vida digna más allá de las imposiciones de un pequeño grupo de la sociedad que ha marginado y castigado a otro sector (mayoritario) pero que no tuvo la fortuna de nacer con los derechos de clase que ellos han tenido.

La Casa de la Cultura del barrio Mugica no podía escapar a esta realidad. Fue soñada, imaginada y pensada hace más de 10 años por Adams Ledesma, claro que no se llamaba casa de la cultura, no era tan pretenciosa desde su nombre, sino que Adams quería, simplemente, un centro cultural, como esos que hay en todos los barrios, pero que en la entonces Villa 31 no había ni por asomo y que no solo no había, sino que era impensado.

Adams no pudo construir el centro cultural que quería, pero abrió las puertas de su casa para llenarla de pibes que quisieran hacer talleres de periodismo, radio y fotografía. Con el nacimiento de Mundo Villa, como una necesidad se hicieron esos talleres en lo de Adams, con más intuición que profesionalismo, con más voluntad que recursos y con la convicción de que el barrio debía ser “contado por los propios, debía dejar de ser contado por otros, por los de afuera, por los que venían a llenar la página de policiales.”

Así nació la idea del Centro Cultural y tuvimos que esperar mucho, muchísimo, para que desde el Estado nos escuchen, para hacer visible la riqueza del barrio, las tradiciones, la historia y sobre todo borrar de cuajo esa idea de que en la villa estaban los “sucios, feos y malos”.

Fue tomando forma a través de los años y el espacio se hizo cada vez más concurrido, con el espíritu incansable de quienes peleaban por robarle pibes a las adicciones y a la delincuencia por medio de la cultura y el deporte, y que no se cansaron de repetirlo a través del tiempo, a quien quisiera oír, cuál era la respuesta que había que darle a esos pibes que pedían a gritos ayuda, una mano tendida, alguien que alguna vez les dijera que eran importantes, que eran necesarios, que su vida valía tanto como la de cualquier otro de cualquier otro barrio.

Luego del asesinato de Adams ese sueño dejó de ser un sueño para transformarse en un deber. Víctor Ramos junto a referentes del barrio como Gustavo Lugones y otros compañeros de Patria Grande se impusieron hacer realidad eso que Adams había querido, sin importar cuánto tiempo podía llevarles, seguros de que los tiempos de esta lucha que iban a llevar adelante se medía con otros calendarios, pero convencidos de que debían honrar la memoria del compañero, del amigo.

Llegó el año 2014 y con la inauguración de la Casa de la Cultura de la Villa 21 creímos que cabeceábamos las nubes, que era posible, que estábamos cerca. Y hasta hubo un día (que hoy parece lejanísimo, irreal) en el que se firmó un convenio para comenzar la construcción en el barrio Mugica, en la casa de Adams, pero la alegría duró poco. Los vientos políticos cambiaron y “los pajaritos, bravos muchachitos” decidieron que era mejor hacer otra cosa con esos fondos que ya estaban destinados para el centro cultural. Todavía no sabemos qué era lo que creían mejor, porque no se hizo nada y nos quedamos otra vez con la ñata contra el vidrio.

Pero como dice un amigo: “La única lucha que se pierde es la que se abandona.” Así que nos levantamos de la lona, juramos que la campana no había sonado, subimos la guardia y fuimos de nuevo a la pelea. Mangueamos a todos los que nos pasaban cerca y logramos poder comprar materiales al menos para empezar a trabajar (una vez más) pero esta vez sabíamos que íbamos a ir hasta el final.
Logramos volver a interesar a los funcionarios acerca de lo necesario de un espacio cultural en el barrio y la obra dejó de ser la locura de unos pocos para ser un “proyecto oficial”.

Así que acá estamos compañeros, no sin más dificultades en el medio, no sin más contratiempos, no sin tener que seguir luchando para llegar hasta acá, pero estamos a poco menos de un mes de la inauguración de la Casa de la Cultura de la Villa 31. Mirándonos incrédulos todavía, pero con una alegría que nos desborda, con la satisfacción de haber dejado en el camino todas las piedras para transformarlas en algo hermoso, en el fruto de una pelea colectiva.

Tenemos una deuda pendiente, creemos que debería llevar el nombre de Adams, en su memoria, por todo lo que hizo por el barrio, por todo lo que fue, por la familia que dejó y porque fue el primero en ver la Casa, en soñarla, pero no todos lo ven como nosotros, no todos entienden el homenaje que debería rendírsele a ese luchador incansable, a ese hermano que peleó por lo que quería y que hasta terminó, dolorosamente, siendo un mártir más de la desidia del Estado.

Por eso es que vamos a mirar al cielo el día que por fin se inaugure la Casa y vamos a recordarlo y a extrañarlo, nos va a faltar su abrazo, pero también por eso vamos a celebrar este triunfo, porque es un triunfo que costó mucho, porque es un triunfo de la lucha y de la convicción de que estamos para transformar la realidad, esa realidad que imaginamos muy distinta a lo que nos quieren vender, a la que deberíamos “acostumbrarnos”, la convicción de que hay un futuro de pibes siendo más felices, con una cámara en la mano o escribiendo una nota o haciendo un video o compartiendo un mate en un estudio de radio.

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