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Ser villero es un secreto que guardamos en el clóset

Ensayo de Camila Yñiguez que ganó el primer premio de la Olimpíada de Filosofía de la República Argentina, organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, en convenio con el Ministerio de Educación de la Nación. Su autora es egresada del Colegio Nacional de Buenos Aires y vive en la Villa 21-24, en Barracas.

Somos un problema de 65,84 hectáreas ocupadas. Somos pobres y somos villeros, villeros y villeras sinónimos de humildes, sinónimos de chorros, sinónimos de ausencia, sinónimos de un esfuerzo despersonalizado a tal punto que ha de ser romantizado.

Somos tratados y tratadas como animales por la política y por el Estado, para ellos somos responsables y justos merecedores de todos los males. También somos parte de una identidad en construcción, en construcción por parte de los “otros”. De esos otros que hablan de libertad e igualdad, pero para unos pocos, y de ese distinto grupo de otros que tiene sobre nosotros un ideal revolucionario que promulga la justicia social y la dignidad habitacional. Ante esta situación decidí indagar junto con los villeros, ¿qué significa para nosotros vivir en una villa y ser villeros? ¿Creemos en la construcción de la identidad villera?

Para muchas y muchos ser villero es un secreto, uno que tenemos que resguardar a toda costa, porque cuando se nos nombra como villeros en espacios sociales no-villeros somos “el pobre que se esfuerza para superar la instancia de la villa”, o “el vago que vive del Estado, el pobre malo, el chorro que, si te descuidas te roba tu celular”. El villero se encuentra posicionado socialmente entre dos diferentes tipos de despersonalizaciones, la primera es la romantización de nuestras cotidianidades (desde el nene que sale a trabajar para ayudar en casa, hasta la jefa de familia que tiene cuatro trabajos informales para mantener a sus hijos); y la segunda despersonalización es la criminalización, particularmente de nuestras juventudes.

Volviendo a la cuestión inicial, ser villero es un secreto que guardamos en el closet, en un closet que se nos impone desde las instituciones como la escuela o el trabajo. Es un secreto porque desde el jardín sabemos -o nos hacen saber- que ser villeros está mal, pero también es un secreto porque en el trabajo no podemos mencionar dónde vivimos, debido a que eso les daría una especie de vía libre para diferentes tipos de atropellos hacia nuestros derechos laborales. ¿Cuál es la causa de esos atropellos? La respuesta es que si sos villero todo es válido para esa otredad que nos desprecia, porque si tenés un trabajo formal son ellos los que te hacen un favor contratándote, y te recuerdan constantemente que tenés que estar agradecido o agradecida, sin importar que quien vende su fuerza de trabajo sos vos.           

Y es en este punto donde comienzan a surgir las distintas posiciones con respecto a la identidad villera. A partir de las ideas y opiniones que escuché por parte de mi familia luego de entrevistarlos, sumado a la lectura de los libros: Curas villeros: De Mugica al Padre Pepe. Historias de lucha y esperanza de Silvina Premat, y Cuerpo a cuerpo: hogar de Cristo en las villas de Buenos Aires de José María Di Paola, compilado por Víctor Primc; logré realizar una clasificación de dos tipos de posiciones generales con respecto a la identidad villera, y de la primera posición se desdoblan otros subtipos categóricos que mencionaré próximamente.

La primera posición de la que voy a hablar tiene que ver con aquellos grupos de personas que niegan absolutamente la existencia de una cierta identidad villera. ¿Qué quiere decir el hecho de negar una identidad villera siendo villero? Como mencioné anteriormente, ser villero es un secreto para muchos vecinos y vecinas, por lo que cargamos con un silencio muy presente en nuestras vidas. Ese silencio es consecuencia directa de la estigmatización que implica ser un sujeto político que habita las villas. Es por ello que al hablar de identidad villera o de cultura villera, este grupo de personas tienen como referencia inicial la idea creada por los medios hegemónicos de comunicación, en donde el villero es el ladrón, el malviviente, el ignorante, el que no paga impuestos, el vago que no estudia ni trabaja.

Al conformarse esta idea como una realidad fáctica producto de los discursos que se barajan desde esa otredad, nuestra realidad es desplazada por este imaginario social no-villero (“no-villero” en este caso es una clasificación propia de este ensayo que refiere a cualquier idea, imagen u opinión producida e instaurada desde el desconocimiento de la otredad sobre las villas). A causa de este imaginario social no-villero nuestras realidades entran en tensión con lo que implicaría ser o no ser villero.

De este primer grupo se desprenden dos subtipos de negación. El primer subtipo de negación tiene que ver con la persona villera que se autodenomina no villera, tanto dentro de la villa como en los espacios sociales externos a la villa. Esto ocurre en un marco en el cual lo villero tiene una relación negativa con respecto a la sociedad, y sucede que los villeros no encontramos ningún tipo de representación en la idea general estigmatizante. De ahí surge el villero que no se nombra a sí mismo, pero también es posible que de ahí surja el villero que además de no nombrarse, nombre lo villero como un insulto.

El segundo subtipo de negación identitaria tiene el mismo origen al tratarse de villeros que no se nombran a sí mismos a causa de la estigmatización, y se diferencia del subtipo anterior porque no toman ningún tipo específico de posicionamiento a nivel social ya que hacerlo implicaría un castigo, dicho castigo se manifiesta en forma de despersonalización del sujeto, mencionada al principio del ensayo, y es de dicha despersonalización de la cual huimos con nuestro silencio u omisión identitaria. 

Los condicionamientos sociales y estructurales que llevan a nuestro silencio tienen como base la determinación de una vergüenza, el villero se avergüenza de sus carencias materiales, de ser pobre, de ser migrante, de no tener las mismas oportunidades. Además, con el discurso meritocrático que se maneja en los medios de comunicación y que se establece en la sociedad como un hecho, las personas villeras somos responsabilizadas de ser todo lo que representa el mal y el fracaso para la sociedad.

Es decir que, con la vergüenza se produce el silencio y el silencio nos imposibilita la acción, ergo, el Estado se desentiende de sus responsabilidades. Es por ello que yo sostengo que con el análisis de la vergüenza debe nacer la identidad villera, y así poder hablar de una integración urbana de las villas como un objetivo y no como un sueño utópico. 

La reafirmación de la identidad villera es la segunda posición presente, principalmente entre las juventudes villeras, la cual voy a desarrollar y explicar a continuación. 

Para empezar, cuando nuestras oportunidades se igualan un poco, cuando nuestras infancias son libres de jugar y de divertirse, cuando nuestras familias son el pilar fundamental de nuestro crecimiento, cuando la violencia policial no nos toca en el día, cuando el narcotráfico no conquista nuestras vivencias, cuando tenemos derechos básicos que sentimos como privilegios, cuando un poco de todo lo malo ya pasó, podemos sentarnos a hablar de una construcción identitaria.

La identidad villera es en parte una formalidad para abrazar la historia villera, nuestras historias son historias de pobreza, son historias transgeneracionales que trascienden cualquier tipo de identidad, son el pilar de unión e identificación de las comunidades villeras. La identidad villera es una identidad migrante, una identidad racializada, una identidad marrón, una identidad negra, una identidad obrera, una “identidad multifacética” tomando las palabras presentes en “Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera” del Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia.

Yo considero que la reafirmación de la identidad villera toma diferentes formas de expresión, como por ejemplo las murgas que alegran las festividades religiosas, las ollas populares, las organizaciones sociales y sus merenderos, la solidaridad para con nuestros vecinos, etc. El común denominador de todas estas expresiones posibles es el servicio a la comunidad, el compromiso humano y la lucha por un futuro más digno.

Esta segunda posición se conforma con los y las villeras que nos reconciliamos con nuestras historias, que de nuestra vergüenza nace una propuesta, que ya no queremos escuchar a “los otros” hablando de nuestra identidad desde la estigmatización. La segunda posición es amplia, pero a fin de cuentas somos los villeros quienes escribimos nuestras historias, desde las ollas o desde el papel. 

En conclusión, los villeros somos sujetos políticos con historias diversas pero cercanas, somos portadores de diferentes identidades, las podemos negar pero yo sostengo que hay que nombrarlas, primero, para nosotros como comunidad, y segundo, para reclamar por mejores condiciones habitacionales, por educación de calidad para construir en conjunto la integración urbana, lo debemos hacer en sí para reclamar por oportunidades reales. 

Y antes de terminar me gustaría recordar que las villas son historias y con cuatro páginas no me basta, pero igualmente en el recorrido de este ensayo pude invitarlos a reflexionar sobre qué pensamos los villeros, y sobre cómo vivimos en una sociedad desigual. Pero principalmente pude escribir sobre los villeros, siendo villera.  

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