Opinion

Los días más felices

Texto escrito por Pablo Sartirana, periodista y escritor. En el marco del aniversario del paso a la inmortalidad de Eva Perón, no regala un texto personal sobre la construcción de la identidad peronista.

Por Pablo Sartirana. Periodista y escritor.

Me hice peronista por mi papá, un trabajador municipal. En ese tiempo el sindicato de Avellaneda organizaba un viaje de egresados gratis a Cosquín para los hijos de afiliados, pibes y pibas de 12 años alojados en un hermoso hotel de la clase obrera, con parque y pileta. Hijos de médicos y recolectores de basura viajaban juntos en el mismo asiento del micro. Había un coordinador, el profe Diego, vestido con un conjunto de Racing, que organizaba partidos de fútbol y fichaba a los que podían llegar a ser parte del equipo del sindicato. Nunca me fichó, pero igual me las arreglé para a ir. Amo el fútbol. Avellaneda es una fábrica de futbolistas frustrados. Fútbol, trenes y bohemia rockera. La herencia del pirata inglés.
El campeonato se jugaba en Villa Domínico, detrás de la feria de los pájaros, donde había trata de animales. Eran los torneos bonaerenses (ex Evita). Pero los entrenamientos eran los sábados a la mañana en Villa Corina, al fondo de un predio donde entrenaban las inferiores de Racing sobre avenida Larralde (ex Agüero). De ahí que la mayoría del equipo eran pibes de Corina y de Racing. Yo soy del Rojo, pero eso no me importaba. Me tomaba el 247 ramal 7 en la calle Heredia y me bajaba unas cuadras pasando el Cementerio. Quería jugar sí o sí. Al fin y al cabo yo también soy un futbolista frustrado de Gerli.
Éramos un equipo mediocre. Yo jugaba de siete. “Pantera” era un nueve bastante bueno, pero hacía agua en cancha grande y en el viaje de egresados había enamorado a dos mellizas de Corina. Había un pibe grande, El Chori”, que una vez, para hacerme el canchero, le dije que sabía levantar la rueda de atrás de la bici y, después de tres pruebas, no me salió. Quedé como un gil. Y un cinco, que no me acuerdo su nombre ni su apodo, que era el alma del equipo. Un Mascherano con gol. Gracias a él llegamos a la semifinal. Un domingo al mediodía los muchachos del sindicato organizaron un asado en honor a nosotros. Y en medio de esa infancia feliz bajo el cielo de Villa Corina, alguien empezó a cantar la Marcha Peronista. Y nada fue lo mismo desde entonces.

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