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El Santo de las villas

Bachi sigue junto a nosotros y junto a su comunidad, más que nunca.

Algunas personas dejan huella. El Padre Bachi ha sido, sin dudas, una de ellas.

Por Adela Sáenz Cavia

Ha dejado una huella imborrable por su forma de vivir, de enseñar, de ser un ejemplo, de evangelizar. Y por su forma de sembrar amor en el mundo.

Ha dejado su huella en cada una de las personas que conoció y especialmente en su comunidad de San Roque González en La Matanza, donde el duelo por su pérdida es profundo y sentido.

Tuve el honor de conocerlo. En aquellas primeras conversaciones, sentí su calidad de maestro espiritual, su enorme bondad y su compasión infinita.
Era alguien sencillo, que había venido de chiquito de su Paraguay natal y que se consideraba parte de Villa Palito, el barrio en el que vivió y que ayudó a transformar para siempre.

Sus palabras tranquilas y su sonrisa eterna eran el reflejo de su calma interior. Siempre transmitía optimismo, aunque la lucha fuera titánica. Era incansable y las horas del día eran pocas para tantos sueños. Gracias a su liderazgo, siempre cimentado en la comunidad y en su enorme fe, todo un barrio se convirtió, mejorando la vida de su gente.

Hogar de pibes, escuela de oficios, comedor, el trabajo con los chicos para que pudieran salir de la droga. Allí donde se manifestaba un problema, se generaba un espacio desde donde acompañar la vida. Y todo desde una mirada popular.

Porque cómo él decía, “estar en el barrio implica saber cómo trabajar con el barrio. No es solo tener el espacio. Es generar comunidad”.

Su apuesta era darle “espacios sanos a los pibitos” y que acá puedan tener “la mejor escuela, el mejor club, pero como una mirada muy nuestra, porque el que se va fuera del barrio lo sufre por venir de la villa”. Contaba con dolor la anécdota que había escuchado en una escuela, de una docente: “Ordenen las mochilas que parecen villeros”. “Uno no puede escuchar eso…” decía con dolor, “tenemos que terminar con esa mirada estigmatizante”.

Por eso el Padre Bachi quería que en su villa hubiera la mejor escuela, los mejores docentes, que los chicos y chicas pudieran tener la mejor formación, pero remarcaba que quería maestros que, además de enseñar, supieran acompañar esas historias.

“A veces en los barrios no hay muchas cosas lindas que contar, pero la mayoría de esas cosas son experiencias vividas en el club, en la escuela, en la parroquia. Y esa es mi lucha, que a estos chicos también les pasen cosas lindas y que tengan historias para contar”.

En relación a una situación con una vecina, aprendió (y nos enseña) que nunca debemos decir: “Yo sé lo que es mejor para vos” o cómo tiene que vivir mi vecino. Que lo vaya descubriendo, a lo sumo lo puedo acompañar… porque incluso cuando decimos “vos podés”, desde nuestra lógica del sí, el “vos podés”, con su vida, no sé…”

Lo más conmovedor que le escuché contar era su versión del texto de la zarza ardiente: “Nosotros usamos el texto de Moisés con la zarza ardiente, cuando Dios le pide que se quite las sandalias para entrar a ese lugar sagrado, santo, para hablar.

Algo que tenemos en nuestra comunidad es eso de sentir que el otro es algo sagrado y que tenemos que sacarnos las sandalias, con cuidado, de manera de mostrar que vemos al otro como alguien muy valioso, para hablar, animarnos a escuchar porque a veces corremos el riesgo de querer solucionar todo rápido sin escuchar la verdad de esa historia de vida”.

Por eso su lema, que luego se convirtió en el lema de la familia grande dque ayudó a fundar – el “Hogar de Cristo- era “recibir la vida como viene”.

En una de las tantas misas de despedida, el Padre Pepe, referente de los curas villeros y amigo entrañable, lo recordó con preciosas palabras con las que seguramente se identifica toda su comunidad: “Dios ha llamando a un justo. Un compañero de camino en todo sentido, que siempre pensó en el otro, con su precioso carácter, su armonía y esa paz que transmitía”.

“Cuando miramos su vida, vemos todo el amor que dejó, su presencia amigable y sanador para toda la comunidad, un ejemplo para curas y laicos”.

Bachi es sin duda alguien que representa muy bien al sacerdote del barrio, que nace en su barrio, que proyecta la vida junto a su comunidad y que siempre confiaba en la vida como venía, como se le presentaba y en el potencial de cada persona. Toda su comunidad y quienes lo conocimos, lo recordaremos para siempre como alguien amoroso y que transmitía mucha paz, aún en los momentos más difíciles.

Bachi sigue junto a nosotros y junto a su comunidad, más que nunca. Como me dijo ayer mi amigo Juan Meroni, ya tenemos nuestro santo villero.

Hasta siempre, Bachi.

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