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De qué lado de la mecha te encontrás: Adiós al Indio Solari, el último ídolo de los descamisados

Por: Alan Gómez

​Falleció Carlos Alberto Solari, El Indio.
Se apagó la voz de un ícono indiscutido de la cultura argentina y, para muchos, el último gran ídolo popular. Popular porque su figura siempre estuvo orgánicamente vinculada al pueblo, pero no a cualquier pueblo, sino al de a pie, a los «descamisados» que supo titular Evita.

Su poesía decía mucho, y nunca le esquivó a la grieta social y política. Al contrario, la profundiza para dejar en claro las posiciones: “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”, cantaba. Y él siempre estuvo de un mismo lado.

​Durante los años 90, cuando el sistema neoliberal prometía un ilusorio pasaje al primer mundo, el Indio nos decía que viajaba en trenes y no tenía a dónde ir. Mientras el poder vendía progreso a costa de exclusión, él advertía en «Todo un palo» que “el futuro ya llegó” y era, para la mayoría, un golpe duro, un futuro y presente para pocos.

​En las liturgias ricoteras se rompía la brecha cotidiana. En ese pogo masivo convergían realidades, pero se afirmaba una identidad de clase en la que, a su vez, había una mescolanza social y cultural.
Su poesía era el refugio de las juventudes marginadas, los pibes de los barrios que encontraron en himnos como «Juguetes perdidos» un lugar donde alzar las banderas de su propio dolor frente al desamparo de un Estado ausente, de una pobreza constante. Se lo podía oír en una casa de clase media o en un pabellón hacinado de cicatrices, y sí, todo preso es político.
En un país cada vez más diseñado para pocos, sus letras le devolvían la épica a la supervivencia de los nadies, como titula el documental del gran Pino Solanas.

​El Indio construyó una obra profundamente reactiva ante la derecha oligárquica y el poder real. No necesitaba caer en el panfleto; su pluma diseccionaba la hipocresía del sistema con una precisión quirúrgica. “Violencia es mentir”, sentenció en «Nuestro amo juega al esclavo», desnudando la falsa empatía de las clases altas y el aparato represivo estatal utilizado para mantener el sistema.
En su universo lírico, el enemigo siempre tuvo rostro: el mercado que devora identidades como denunció más tarde cantando “Nike es la cultura” y el cinismo de una dirigencia desconectada de la calle.

​Carlos Alberto Solari hizo de su independencia su forma de revolución y de su poesía, un arma, un lenguaje único. Se fue el hombre, pero deja un cancionero que funciona como el mapa político y emocional de la Argentina de las últimas cuatro décadas.

Hoy su pueblo lo llora, pero su voz seguirá sonando en cada rincón donde alguien, frente a la injusticia, decida no esquivar el bulto y elija, una vez más, de qué lado de la mecha pararse.

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