
No tengo nombre. No tengo rostro. No tengo historia para los medios. Para el Gobierno, soy un número en un relevamiento que nunca terminan. Para la clase media, soy el que cruza la General Paz o la Illia y prefieren no mirar. Para el periodismo, soy invisible hasta que arman un operativo.
Entonces, de repente, soy noticia.
No porque me haya muerto esperando una ambulancia. No porque mi hijo tenga asma por la humedad.
Soy noticia porque el Gobierno necesita que ciertos vecinos de ciertos barrios se sientan seguros. Que sus impuestos sirven para algo. Que «alguien está haciendo algo» con los negros, los villeros, los invisibles.
Y entonces me ponen nombre: «Tormenta Negra».
«Tormenta Negra» no es el nombre de mi vida. Pero bien que podría.
Hoy me desperté con el colchón mojado. Otra vez. No es que haya llovido. El techo de chapa transpira como si la humedad viviera adentro de la pieza. Mi hija tosió toda la noche. El médico dijo «bronquitis recurrente». Yo sé la verdad: es el moho. Es no poder ventilar porque afuera hace frío y adentro también. Es vivir apretados.
Vivo con los míos. Somos varios. No voy a decir cuántos porque da vergüenza. El vecino duerme en el cuarto del fondo. La cocina está en el comedor y comparte espacio con la cama porque no entra en ningún lado. El baño se tapa porque la cloaca está colapsada. La luz se corta cuando se le canta al transformador. El agua sale marrón cuando sale.
Esa es mi vida. Todos los días.
Ellos le pusieron «Tormenta Negra» a un operativo de 1.500 policías. A mí me pusieron «Tormenta Negra» el día que nací en el lugar equivocado.
Ironías de la vida (o de la muerte lenta)

Ellos dicen «Tormenta Negra» y piensan en saturación policial.
Yo digo «Tormenta Negra» y pienso en la humedad que me pudre los pocos metros cuadrados que llamo hogar.
Ellos dicen «control de acceso» y piensan en seguridad.
Yo digo «control de acceso» y pienso en la bolsa de cemento que no me dejaron pasar para tapar el agujero por donde se mete el frío.
Ellos dicen «demolición de veredas» y piensan en recuperar el espacio público.
Yo digo «demolición de veredas» y pienso en la cocina de mi vecina, la que la hizo con sus manos hace 20 años, donde ahora hay solo un montón de escombros y un cartel que dice «Clausurado».
Ellos dicen «clausura de corralones ilegales» y piensan en economías del crimen.
Yo digo «clausura de corralones» y pienso en Don Mario, que vendía ladrillos sueltos y bolsitas de cemento para que nosotros pudiéramos parchar nuestras casas, sentado en el cordón sin saber qué va a comer mañana.
Ellos dicen «Tormenta Negra» y duró 48 horas.
Mi tormenta negra empezó cuando abrí los ojos por primera vez en este lado de la ciudad. Y no se va a terminar nunca. Porque no es un operativo. Es un modo de vida.
Por qué escribo esto (si es que alguien lo lee)
No escribo porque crea que me van a escuchar. Me han ignorado toda la vida. El Estado no me ve. Los medios no me ven. Los candidatos me ven cada dos años, me prometen cloacas y después se olvidan.
Escribo porque me cansé de que me pongan palabras en la boca. Me cansé de que hablen de mí sin mí. Me cansé de que «Tormenta Negra» sea el nombre de un operativo que me castiga, cuando mi vida entera es una tormenta negra que nadie viene a calmar.
Si ustedes tienen nombre y apellido, si tienen DNI sin mancha, si tienen un techo que no les gotea, si nunca tuvieron que elegir entre comer o comprar una vela porque se cortó la luz… entonces no me van a entender.
Pero al menos sepan una cosa: nosotros no elegimos vivir así. No elegimos el hacinamiento. No elegimos la tierra pisada. No elegimos que nuestra cocina esté en la vereda. No elegimos que nos rompan lo poco que tenemos.
Luchamos cada día para que los nuestros tengan un refugio. No una casa. Un refugio. Un lugar seco. Un lugar seguro. Un lugar donde no entre el frío. Donde no sobrevuele un helicóptero todas las noches.
Ellos le llaman «Tormenta Negra» a rodearnos, prohibirnos, castigarnos. Yo le llamo jueves.
Mañana va a seguir todo igual. El operativo se va a terminar. Los patrulleros se van a ir. Los helicópteros van a volar hacia otro lado. Los periodistas van a buscar otra noticia.
Yo voy a seguir acá. Con el techo roto. Con el colchón mojad por la humedad. Con el agua marrón. Con la luz que se corta. Con el inodoro tapado. Con los pibes tosiendo. Con la impotencia.
El único cambio es que ahora tengo un nombre nuevo para todo esto.
«Tormenta Negra».
PH: Berretines Audiovisual.











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