Pulsa «Intro» para saltar al contenido

“El Rengo Yeta” desde el pasillo

Por Elvio Báez. Hablar de César González no es hablar de un pibe que escribe solamente, es hablar de un tipo que le robó el fuego a los poderosos que nos querían a oscuras. Hoy me escribo pensando en este escritor y cineasta argentino, reflexiono sobre su última obra, El Rengo Yeta, y no puedo dejar pasar por la cabeza aquel primer impacto que fue El niño resentido. Un viaje crudo, una especie de mutación que duele y que alivia, a la vez, y sinceramente para los que escribimos desde el barro es un orgullo. 

Si El niño resentido fue un escupitajo en la cara de la academia, un poemario que brotó de las oscuridades de la cárcel como un grito visceral, El Rengo Yeta es otra cosa. El primer libro era el descubrimiento de la pólvora gente, porque César nos decía: “acá estoy, esto soy, y mi bronca tiene rima”. Era la literatura del fondo que emergía como salvación inmediata, como el aire que necesitamos para seguir, para no morir asfixiado en una calabozo.

Por otro lado, El Rengo Yeta nos muestra a ese César que ya no solo grita, sino que construye, resignifica entidades en imágenes concretas. Acá hay una novela, hay una arquitectura de un lenguaje que demuestra que ya existe una madurez que te vuela la nuca. El Rengo, ese personaje que carga con la “yeta” como si fuera un estigma de nacimiento, es el espejo de tantos pibes que cruzo acá en Itatí. La “yeta” en el libro no es mala suerte de horóscopo, es el sistema que te pone la traba antes de que empieces a correr., soñar y conquistar.

Mientras que en El niño resentido la poesía era una ráfaga de ametralladora corta y palo a la bolsa, al pie, pura emoción hirviendo, en esta novela la prosa del loco se vuelve cinematográfica, verdaderamente una película acción, César te lleva a caminar por los recovecos de la marginalidad con una precisión de un cirujano. Ya no es solo el pibe que cuenta lo que vive; es el escritor que domina el oficio para denunciar que el destino, para nosotros, suele ser una sentencia previa antes de nacer.

Comparar ambos libros es ver la evolución de una identidad. Si en el primero estaba la urgencia de romper las cadenas de la invisibilidad, en El Rengo Yeta está la otredad, la definición, la decisión política de habitar la literatura con nombre propio. César ya no pide permiso para entrar al salón de la cultura, él es ahora el mayor, él se armó su propio salón con los escombros de lo que la sociedad tira.

Para los que andamos con el poemario bajo el brazo y la mirada en el asfalto que falta, El Rengo Yeta es un recordatorio de que nuestra historia merece ser contada con la mayor belleza posible, aunque lo que contemos sea el dolor más sucio. César sigue siendo ese niño que no se calla, pero ahora tiene la pluma tan afilada que ya no solo hiere, también alumbra y guía a muchos.

Como digo siempre en mis textos, la poesía nos salva todo el tiempo. Y libros como estos son la prueba de que, cuando el pibe del fondo toma la palabra, el mundo, aunque sea por un rato, se queda callado para escuchar. Porque los libros no llegan tan rápido como las balas, pero los pensamientos de Cesar. Si.  

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *