Por Mario Canaviri – Frente a la incertidumbre económica y los debates por la reforma laboral, la festividad de las Alasitas se consolida en los barrios populares como un espacio de resistencia cultural.
Este sábado 24 de enero, el humo de los inciensos de los yatiris cubrirá los barrios
populares del AMBA. Desde el barrio de la 1-11-14 hasta González Catán, la fiesta de las
Alasitas se presenta este año no solo como un encuentro ancestral, sino como un escudo
frente a la incertidumbre. En un contexto de ajuste, la figura del Ekeko, dios de abundancia
de la cultura andina, se transforma en la esperanza de miles de familias que proyectan sus
sueños de estabilidad laboral y salud.
Aunque hoy se vive en las calles del AMBA, esta tradición tiene más de 200 años de
historia. Surgió en 1781 en La Paz, Bolivia, pero con el tiempo se convirtió en algo mucho
más profundo que una simple feria: lo que el vecino compra en miniatura no es un juguete,
es una «Illa» (objeto sagrado). Al bendecirlos, el creyente está iniciando un proceso real
para materializar ese sueño, uniendo su fe con el esfuerzo para que estos se transformen
en una realidad en su vida.
La Alasita —»cómprame» en aymara— es mucho más que una feria de miniaturas; es el
espacio donde la fe y la economía popular se unen para proyectar un futuro posible.
Mientras en el Congreso se discute una Reforma Laboral que promueve la flexibilización,
los trabajadores de la economía popular desafían la informalidad con encuentro andino.
Para la comunicadora y referente comunitaria Tatiana Quispe, la festividad es una
herramienta de soberanía. “La Alasita para nosotros es un momento de encuentro y de
debate político porque también en estos espacios hablamos lo que pasa en nuestros
barrios”, explica.

Respecto a la Reforma Laboral, Tatiana es contundente: “No nos sentimos parte de esa
reforma porque el gobierno ni nos registra como trabajadores. Nosotros somos
comerciantes de a pie como lo hacían nuestros ancestros”. Sin embargo, advierte que el
golpe económico a la clase media afecta sus ventas en la feria. Ante esto, propone rescatar
el concepto ancestral del Ayni: “Es entender la solidaridad desde nuestra mirada: escuchar,
empatizar, luchar y formar un compañerismo poniéndose en el lugar del otro” y que para
muchos, adquirir hoy un “contrato de trabajo” en miniatura es una demanda política
silenciosa.
En las filas para bendecir las miniaturas al mediodía con los yatiris, el pueblo
latinoamericano y las comunidades originarias se funden en un solo pedido por techo, pan y
trabajo. La Alasita permite visualizar derechos para que se hagan realidad en el territorio.
“Nuestros sueños no son miniaturas inalcanzables, son derechos que ya tenemos. El deseo
tiene que ir de la mano con la lucha”, concluye la referente barrial.
La Alasita 2026 nos deja una lección: ante un futuro que parece achicarse, el barrio
responde ampliando su identidad y su organización desde la perspectiva de los pueblos
originarios, desde las urbanidades que, en general, tienen una mirada excluyente. Porque la
dignidad laboral y la justicia social no pueden permitirse el lujo de ser, también ellas, una
miniatura imposible de lograr.






















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