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Martes 07 de Noviembre de 2017

Julio Zarza, una historia de superación

Desde el primer momento la vida de Julio fue difícil. Su familia se mudó a la villa pocos días después de su nacimiento, luego de que en el hospital lo dieran por muerto y su madre se escapara para salvarlo de una posible expropiación. Perfil de uno de los referentes del barrio de la 21-24 Barracas.

  • Julio Zarza- Director de Mundo Sur FM

Por Berenice Correa y Dalma Villaba

Luna e Iriarte es una de las calles emblemáticas de la villa 21-24 -la más grande de la Ciudad de Buenos Aires- que está ubicada sobre los barrios de Pompeya y Barracas. Es también, según los medios, una de las más peligrosas de la República Argentina. 

En 1979 una de las nuevas vecinas del barrio acababa de dar a luz a su sexto hijo a las 18:48 horas del día 16 de octubre. 

Ese bebé, al que dieron por muerto apenas nacido, que tuvo problemas de adicción durante años y que siempre soñó con ser actor y presidente de la nación está ahora sentado frente a nosotras en un pequeño estudio de radio (su radio) ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio situado en pleno centro porteño, entre las calles Av. De Mayo y Piedras, justo frente al reconocido Café Tortoni.
Su mirada es cálida y simpática igual que su cabello enrulado que, atado, deja a la vista todo su rostro. Sonríe amablemente con unos dientes perfilados y blanquísimos, y sostiene -como de costumbre- un mate en la mano derecha. Su voz es fuerte, imponente. Lleva ropa simple y de colores neutros que combinan, sin querer, con las paredes azules del lugar, y un rosario artesanal de madera cuelga de su cuello. Mira la hora en su teléfono y pregunta ansioso: ¿empezamos? 

Estamos, por fin, ante Julio Zarza.

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Desde el primer momento la vida de Julio fue difícil. Su familia se mudó a la villa pocos días después de su nacimiento, luego de que en el hospital lo dieran por muerto y su madre se escapara para salvarlo de una posible expropiación, algo habitual en esa época. 

Su padre falleció hace algunos años y su madre es su gran referente: ella siempre manejó la economía del hogar, cuidaba a todos los hijos y trabajaba sin parar.


- Imagínense, siete hermanos con una madre que cuando te levantabas de dormir la veías en la máquina coser y cuando te acostabas seguía en la máquina de coser. Y así siempre. Mi viejo venía de trabajar y no opinaba mucho, sólo se sentaba a tomar mates. 

Ella sigue viviendo en la Villa 21-24 y todavía trabaja sin cesar. El laburo te salva, dice orgulloso, pero confiesa que varias veces quiso llevarla a vivir con él para alejarla del barrio y su peligrosidad.

En la escuela primaria nunca fue un alumno con buena conducta. Nadie puede imaginarlo queriendo golpear a sus compañeros si se basa en su imagen actual, tan comprensiva. 

-No era un pibe malo pero era la forma de sobrevivir porque a pesar de tener amigos no había que ser el gil de nadie, y la verdad era mejor pegar que llorar.

La secundaria, en cambio, fue un caso totalmente diferente. Empezó anotándose en el colegio técnico “Libertad” donde descubrió un gran pasatiempo, la carpintería, pero también su gran aflicción: la droga.

En esa misma institución, un día como cualquier otro, mientras estaba en clases de Matemática un compañero le pisó el dedo gordo del pie en el que tenía una uña encarnada. Julio gritó. Gritó muy fuerte. El profesor estaba explicando algo y –como en ese tiempo él ya era un alumno revoltoso- se desbordó. Lo agarró del hombro y lo llevó directo a la dirección. Entraron y se hizo silencio. El profesor fue el primero en hablar: O se va él o renuncio yo. 

Afortunadamente para ambos ninguno se fue, aunque después de un tiempo Julio se quedó libre nuevamente. Esa tarde se escapó del colegio con un amigo y se escondió en un pasillo de la villa esperando que nadie lo delate cuando, de repente, ve a su madre al otro lado de la calle observándolo muy enojada. 

-Me cagué todo, me miró con cara de culo y no me dijo nada. Me fui corriendo hacia casa y pensaba ¿cómo nos descubrió? 

Corrió tan rápido como le permitían sus piernas e ingresó a su casa, y se quedó atónito ante la imagen que tenía en frente: el director del instituto y el profesor de Matemática sentados en su comedor, observándolo atentamente. Tragó saliva recuperándose de la corrida y se dio cuenta de lo que sucedía. “¡Me fueron a buscar para que vuelva al colegio! Fue un gesto muy bueno, aunque me ligué un par de cintazos de mi vieja. Fue un momento que me hizo hacer clic, y de ahí no falté nunca más a clases.”

Antes de empezar a hablar sobre su adicción hace una pausa, respira hondo y apoya ambos codos sobre la mesa. Tose para acomodar su voz y sorbe el último trago del mate que acaba de cebar.

Le es paradójico que habiendo tanta droga circulando por las villas su primera experiencia de consumo fuese fuera de su barrio. En el secundario se hizo amigo de un muchacho que pertenecía a un grupo “heavy metal” y prueban el tabaco. Cree que quizá fue porque querían parecer grandes o pertenecer, pero empezó como un juego y luego no pudo retroceder. A los diecisiete años, también fuera de la villa 21, probó la marihuana. Me encantó, confiesa con una sonrisa. La cocaína lo sorprendió unos años más tarde y le gustó aún más. “Me río ahora pero es re triste la situación, y después de más grande también probé pasta base.”

A los veintiséis años, encerrado en el departamento de su hermana que se había ido de vacaciones, fue a comprar droga a la villa un viernes, y tomó conciencia el jueves siguiente.

Llorando por sentirse tan derrotado llamó a la policía y a emergencias para que pasen a buscarlo y nadie vino a buscarlo. Como última opción llamó a uno de sus amigos más cercanos explicando que si salía por su cuenta sabía que iba a ir a comprar más drogas. Había tocado fondo y tomar la decisión de internarse no fue fácil: “Llega el punto donde uno ya no quiere consumir más pero va llorando por la calle sabiendo que está yendo a comprar y consume igual”. Al internarse tuvo la sensación de que la droga le había ganado: “Era lo más bajo que me podía pasar”.

En el año 2008, a los veintiocho años, termina su período de rehabilitación y decide terminar el secundario. Logró rendir en una semana las nueves materias que le faltaban para conseguir su título. Sentía que le explotaba el corazón de alegría, era su primer gran logro en el “mundo real” después varios años viviendo en la clínica.

-Una cosa es estar en una comunidad hablando con el otro todo el tiempo de tus angustias, tener contención. Pero después, ¿cómo vas a andar por el mundo? No te enseña nadie a salir a la realidad sin tu psicólogo después de esa situación. Aunque,  obviamente, el mundo es mucho mejor que una comunidad terapéutica.

Actualmente es el director de Mundo Sur FM 106.5, lugar que maneja junto a su amigo Víctor Ramos, fundador del INADI, quien le demostró que podía pertenecer en el mundo de la manera que él quisiera.

Logró, además, participar de distintos proyectos audiovisuales que involucraron al barrio y a sus amigos: “La 21 Barracas”, “Nacionalidad Villera”, “Villa”, la fundación del primer medio de comunicación de las villas: “Mundo Villa”, la inauguración de la Casa de la Cultura Villa 21, luego transformada en la sede del Ministerio de Cultura de la Nación; y finalmente esta radio, que tiene la antena en el corazón de la villa 21. 

-¿Cómo te ves en diez años?
-¡Gordo! – Responde a carcajadas. –Sería el 2027 y yo tendría cuarenta y siete años, ¡voy a estar re fuerte! Pero fuera de todo chiste, quiero mantener mis ideales y seguir trabajando por la justicia social. Igualmente sé que en diez años puede pasarme cualquier cosa, fea o mala: recaer en las drogas o tener un cargo público, por ejemplo.

Antes de retirarnos nos advierte, entre risas, que hablemos bien de él. Y de la misma manera en la que entramos al estudio, Julio no deja de sonreírnos y despedirnos con toda la amabilidad y carisma que lo caracteriza: sonrisa de oreja a oreja y mate, como de costumbre, todavía en mano.